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1.7. Pirineísmo

El pirineísmo consiste en la práctica del montañismo en la cordillera de los Pirineos. Para la Real Academia Española, el pirineísmo es el "deporte que consiste en la ascensión a los montes Pirineos" (DRAE). Por otra parte, conviven los términos pirineísmo y pireneísmo. Si bien el DRAE prefiere la forma pireneísmo frente a pirineísmo, el uso de la forma pirineísmo está mucho más extendido y predomina de forma muy destacada sobre pireneísmo.

En cualquier caso, este término no es exclusivo, pues se puede hablar de la práctica del montañismo, del alpinismo e incluso del andinismo (hablantes hispanoamericanos) cuando estas actividades se dan en los Pirineos. Sin embargo, no sería correcto hablar de pirineísmo cuando la actividad se practica en los Alpes, en los Andes o en cualquier otra cadena montañosa distinta de los Pirineos (lo mismo ocurre con el término himalayismo).

 

El nacimiento del pirineísmo

La tradición pirineísta es tan larga y sólida como lo puede ser la alpinística en la cordillera de los Alpes. A partir de la definición que hemos esbozado con anterioridad, se debe tener presente que para una buena parte de las personas que practican el montañismo en general y el pirineísmo en particular, esta actividad supone algo más que un deporte. Cultura, tradición, formas de entender la vida y la relación del hombre con el medio, e incluso filosofía y religión enriquecen para muchos el significado que tiene la práctica de esta actividad.

Se suele atribuir la primera ascención de la historia en los Pirineos a Pedro III de Aragón, quien en el año 1285 ascendería a la cumbre del Canigó, actualmente en la vertiente francesa de los Pirineos Orientales y pico emblemático en la historia del pueblo catalán. La leyenda versa que para llegar hasta lo más alto del Canigó, Pedro III tuvo que enfrentarse a un dragón. Leyendas y mitos aparte, no se conocen testimonios escritos que atestigüen ascenciones anteriores. No obstante, la cordillera de los Pirineos ha sido a lo largo de la historia la puerta de entrada por tierra a la penísula Ibérica, que todas las civilizaciones que llegaron del norte tuvieron que atravesar explorando los puertos y collados más accesibles. Pueblos migrando en busca de una nueva tierra donde construir un nuevo futuro, ejércitos pretendiendo la conquista de nuevos territorios, y pastores y lugareños valiéndose de las riquezas naturales que la montaña brinda, conocieron y recorrieron la cordillera mucho antes de que se iniciara, en el último cuarto del siglo XVIII, la verdadera historia del pirineísmo. Con éste, el hombre comienza a acercarse a las montañas de la cordillera de los Pirineos con una motivación muy distinta a la subsistencia. La montaña se convierte en un objeto de conocimiento, alienta la necesidad intrínseca del ser humano de búsqueda y exploración constantes, y da forma a una nueva forma de desvelamiento de la realidad.

Uno de los primeros en estudiar los Pirineos con una incipiente metodología científica de carácter inductivo fue Palasser. Desde 1774, en pleno auge de la Ilustración en Europa, se dedicó a investigar y observar las montañas de la cordillera para aportar los primeros datos geológicos con una gran preocupación por la rigurosidad. Asimismo, durante esos años, se llevan a cabo los primeros intentos por cartografiar la región. Algunos ejemplos de estos trabajos son los de Junker en Francia y Heredia desde la vertiente española, de quien se piensa que pudiera haber sido el primero en ascender el Monte Perdido nueve años antes que Ramond, del que sí se tiene la certeza de haber llegado hasta la cumbre. En 1786, Reboul y Vidal comienzan sus mediciones de las cumbres de los Pirineos, para lo que realizan numerosas ascensiones, entre las que destacan la del pico de Anie o la que, para algunos autores fue la primera del Aneto en 1789, frente a la considerada como oficial de Platon de Tchihatcheff en 1842.

Se suele considerar al francés Louis-François Ramond de Carbonnières (1755-1827) como el padre del pirineísmo en el sentido estricto que hemos definido al comienzo de estas líneas. Asimismo, si el Mont-Blanc fue el emblema en la historia del alpinismo, el Monte Perdido fue su equivalente en la del pirineísmo. Naturalista, escritor y primer pirineísta, Ramond conoció los Alpes en 1777 y comenzó sus incursiones en los Pirineos en 1787. En 1796 exploró el Tucarroya, y en 1802 ascendió al Monte Perdido, del que dijo que era "la más bella de las montañas calizas".

En 1802, el geólogo Cordier y el guía Barrau, otro de los personajes emblemáticos en los primeros grandes pasos del pirineísmo, intentan el ascenso de la Madaleta con fines científicos, pero sólo llegan hasta la cresta. Finalmente, en 1817, Barrau y Parrot logran coronar la cumbre de la Madaleta. Destacan, por otra parte, los relatos de Arbanère, en 1828, sobre Ordesa, Añisclo, Pineta y el sur de los Montes Malditos.

En 1823 se publica el tratado de geognosia del Pirineo de Charpentier, y Coraboeuf dirige una nueva campaña geográfica. Peytier y Hossard llevan a cabo, por su parte, numerosas ascenciones, entre las que destacan el Pallar y el Balaitus, cuya primera data de 1825. El guía más representativo de esta etapa, junto a Barrau, es Cazaux, quien estableció la primera vía de ascensión al Vignemale en 1838. Esta es también la época en la que comienza a acercarse al Pirineo un nuevo perfil de pirineísta. Personajes de la nobleza y de las clases sociales más priviligiadas de la Europa de entonces toman el relevo a las expediciones con finalidades científicas. La fama, el prestigio social y la necesidad de ocupar el tiempo libre por parte de esas clases privilegiadas constituyen sus principales motivaciones. Conocidos ejemplos son los de Franqueville y Tchihatcheff, que alcanzan la cumbre del Aneto en 1842.

Posteriormente, Packe elabora la primera guía de los Pirineos a partir de sus exploraciones iniciadas en 1853. Le sigue de cerca el afamado conde Russell, conocido como "el águila del Pirineo", que se dedicó a ascender las cumbres de más de tres mil metros de altura (tresmiles) de los Pirineos durante años. Su pasión por las montañas de la cordillera, le llevó a formar parte de la fundación de la primera sociedad pirineísta en 1864. Destacan también Wallon, que recorre y cartografía el alto Pirineo durante la década de 1870, y Tissandier en la de 1880. Asimismo, entre 1866 y 1924 Schrader lleva a cabo una inestimable tarea de documentación sobre la cordillera. Se suman en esta época los trabajos de Saint-Saud y Briet, entre otros.

Por otra parte, Monts, Passet y Salle abren la vía de la cara norte del Monte Perdido en 1888, dando paso de esta forma a una nueva de pirineísmo que se plantea nuevos retos con una orientación más deportiva. Destacan también las hazañas de Latour, que abrió la normal del Balaitous. A partir de este momento, con el cambio de siglo, se observa que el pirineísmo se encuentra ya consolidado y arraigado. proliferan los trabajos científicos y las instituciones, y la publicación del primer compendio sobre el pirineísmo, a cargo de Beraldi, da buena cuenta de ello.

 

 

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